La exigencia ¿Una enfermedad valorada?

¿Consideras que sos una persona exigente con los demás? ¿Y con vos mismo?

¿Te consideras más exigente de lo que te gustaría?

¿Para que te sirve esta exigencia? ¿Pudiste obtener los resultados que buscabas siendo de esta manera? ¿Qué “precio” tuviste que pagar por ser de esta manera?

Los invito a leer el siguiente cuento que retrata a la exigencia:

El cuento del carnicero y el perro

Cierto día un carnicero que estaba atendiendo a sus clientes vio que un perro se metía en la carnicería.  Empezó a gritarle para que saliese de la tienda. El perro salió pero a los pocos minutos volvió a entrar y  después de entrar y salir unas cuantas veces más el carnicero se dio cuenta que traía algo en la boca.

Saliendo de detrás del mostrador, se acerco hasta el perro y vio que lo que traía en la boca era una nota envuelta en un plástico. Cogió la nota y la leyó: “Podría usted enviarme medio kilo de chuletas y cinco salchichas?”. Envuelto en el plástico venía también un billete de 50 pesos.

El carnicero preparó el pedido y una vez listo  metió en una bolsa las chuletas y las salchichas junto con el cambio. Mostro las asas de la bolsa al perro, que las puso en su boca y abandonó la carnicería.

El carnicero estaba asombradísimo y decidió salir detrás del perro para ver qué hacía.

El perro camino por la calle hasta llegar a un semáforo  donde se paró, depositó la bolsa en el suelo, se alzó sobre sus patas traseras y pulsó el botón para que el semáforo cambiara a verde para los peatones. Esperó sentado con la bolsa de nuevo en su boca hasta que el semáforo le dejó pasar, cruzó tranquilamente y caminó hasta la parada de autobús. Al llegar, observó las señales que indicaban los diferentes autobuses y sus rutas, se sentó y esperó.

Al poco rato para un autobús pero el perro no se movió, un poco más tarde llego otro y el perro subió rápidamente por la parte de atrás para que el conductor no lo viese. El carnicero no daba crédito a lo que estaba viendo y subió también al autobús.

Tres paradas después el perro se alzo sobre sus patas, toco el timbre y cuando el autobús paró se bajo. El carnicero bajó tras él. Los dos caminaron unos minutos más  hasta llegar frente a la puerta de una casa. El perro  dejó la bolsa en el suelo y comenzó a golpear la puerta con sus patas delanteras mientras ladraba, como nadie le habría dio un salto a una tapia y de allí salto al alféizar de una ventana  consiguiendo golpear varias veces el cristal.  Salto otra vez a la calle y volvió a colocarse frente a la puerta.  A los pocos segundos la puerta se abrió y salió un hombre que sin mediar palabra empezó a golpear al perro mientras le gritaba lo inútil que era.

Al ver aquello, el carnicero se fue hacia aquel hombre le sujeto para que no pegara más al perro y le dijo: ¡Por favor, deje de pegar al perro! ¿No se da cuenta que está cometiendo una injusticia? Este perro es un genio.

“¿Un genio?” grito el hombre, ¡este imbécil de perro es la segunda vez esta semana que se olvida las llaves!

Permitiéndonos partir de la base que los seres humanos somos seres conversaciones, podemos decir que todo lo que nos pasa, nos pasa en conversaciones y cuando algo nos falta, lo que nos falta es una conversación. Al mismo tiempo, estas conversaciones pueden ser públicas (aquellas que tenemos con las personas con las que nos relacionamos) o bien privadas (aquellas conversaciones que mantenemos con nosotros mismos).

Diariamente, mantenemos gran cantidad de conversaciones públicas, pero continuamente estamos en conversaciones privadas.

Dadas las necesidades de mejorar la productividad, estar laboralmente sobre-exigido se ha convertido en valor. Creemos que vale la alegría observar la manera en la que vivimos cuando estamos “en el horno”, impulsados por una exigencia externo o por nuestra auto-exigencia.

Una de las conversaciones privadas que se nos puede presentar con frecuencia es la conversación entre mi aspecto exigente y mi aspecto exigido. Ambos conviven permanentemente dentro de nosotros y el punto esencial es poder distinguirlos, para ver si quiero seguir estando de esa manera, o prefiero estar de otra.

Tomaremos como punto de partida la definición que plantea el diccionario de la Real Academia Española, exigir: pedir imperiosamente algo a lo que se tiene derecho. Llevando esta definición a nuestro planteo inicial, mantenemos una conversación privada en la que hay “alguien” (mi aspecto exigente) que le exige imperiosamente algo a “un otro” (mi aspecto exigido), lo que provoca una sensación de malestar en nosotros consecuencia de la forma en que ambos se relacionan.

Cada vez que nos sentimos exigidos, también sentimos que hemos perdido nuestra libertad, dado que si la tuviéramos invertiríamos el tiempo en otra cosa.

Como consecuencia de la forma en la que vivimos esta conversación, probablemente como una “orden”,  evocamos emociones que nos traen mal-estar como ser angustia, culpa y/o enojo.

“La angustia está relacionada con las expectativas
y se suprime eliminando las exigencias.”
Humberto Maturana

¿El bien-estar es también un valor corporativo? El solo hecho de poder distinguir la existencia de estas conversaciones y poder reconocer en nosotros la convivencia de ambos aspectos, nos brinda la posibilidad de poder “escuchar” las emociones mencionadas para cambiar las conversaciones que nos llevaron a ellas.

Para pensar y conversar:

¿Alguna vez te sentiste castigado como el perro? ¿Qué emoción te aparece frente a la exigencia?

¿Qué le pasa a tu cuerpo cuando te sientes exigido? ¿Puedes reconocer una situación en la que te hayas sentido exigido? ¿Cómo saliste de esa situación? ¿Cómo te sentiste cuando pasó la exigencia?

¿Te puedes reconocer en el rol del dueño del perro? ¿Con quiénes?

¿Te reconoces una persona exigente con vos? ¿Los otros, te lo dicen? ¿Para qué te sirve?

¿Cómo se vive desde la aceptación y cómo desde la exigencia? ¿Qué pasaría si transformas la exigencia en aceptación?

¿Lo que vos escuchaste, fue lo que yo dije?

Cuantas situaciones cotidianas vivimos en las que inferimos que el “otro” entendió lo que yo le dije, sin embargo después hizo algo completamente diferente  a lo que yo esperaba que hiciera. ¿Qué paso?

El juego “teléfono descompuesto” al que jugábamos de chicos, ¿sigue funcionando mal de grandes?

Veamos una ilustración de esto:

Comúnmente creemos que cuando nos comunicamos con un otro lo que emitimos es lo que el otro recibe. Esto que es posible para las máquinas cuando están sincronizadas, no ocurre entre los seres humanos. ¿Por qué? ¿Será que los seres humanos incorporamos algo al proceso que modifica el sentido entre lo dicho y lo escuchado?

En nuestra interpretación los seres humanos somos seres que conversamos e interpretamos. Estas “características” impactan tanto en la forma en la que vemos las cosas, como en la manera en la que escuchamos.

Entonces el proceso de escuchar, incluye el proceso biológico de oír, pero transforma el sentido de lo dicho dada la interpretación que se genera en el instante de la escucha. Así podrías describir el fenómeno de la escucha como:

Escuchar = Oír + Interpretar

Alguna vez escuché sorprendido al biólogo chileno Humberto Maturana diciendo…

….Soy absolutamente responsable de lo que digo,

maravillosamente irresponsable de lo que escuchas…

La persona que habla, lo hace desde sus coherencias y sus formas de pensar. Cada frase emitida contiene parte su propia historia y una intención en particular. Por otra parte, quien escucha, o bien lee (cuando se trata de un e-mail), lo hace desde sus propias interpretaciones e intereses, las cuales son diferentes a las interpretaciones e intereses del emisor del mensaje).

Esto genera que en muchas ocasiones el mensaje recibido por quien escucha o lee, sea diferente al mensaje que se le quiso enviar. Cuando lo dicho no es escuchado en la forma esperada por quien emitió el mensaje, pueden surgir problemas operacionales y/o relacionales. Los cual profundiza los problemas de comunicación.

Así la interpretación en la escucha puede tener un carácter destructivo de conversaciones y hasta de relaciones. Por eso entendemos que es importante intervenir en la pregunta posteada.

¿Cómo?

1)    Tomando conciencia del fenómeno humano

2)    Chequeando lo que el otro escucha de lo dicho por ti, o pidiendo que quien te escucha te exprese su entendimiento (no lo que dijiste, sino lo que entendió)

Para pensar y seguir conversando:

¿Qué te parece la propuesta? ¿Cómo la escuchas?

En la práctica de tus conversaciones diarias ¿te haces responsable de que lo que dices será interpretado por el otro desde sus coherencias y no desde las tuyas?

Entendemos que chequear las interpretaciones consume el valioso tiempo. ¿En qué casos paga hacerlo?

Las opiniones, ¿pueden ser objetivas?

¿Cuántas opiniones emitimos a diario creyendo que estamos siendo objetivos diciendo lo que decimos?

¿Se escucharon en alguna oportunidad diciendo “…en este tema soy objetivo…” o “…te pido que seas objetivo con lo que me estás diciendo”?

¿Es posible ser objetivo? ¿Crees que el ser objetivo te da más poder?

A continuación los invito a ver algunas situaciones planteadas en un comercial por Ameriquest,  relacionadas con el tema. Presta atención a las opiniones que se generan en las personas que entran al final a cada escena. Esas opiniones ¿son objetivas?

Miren el comercial a continuación.

En ciertas situaciones creemos que podemos ser objetivos con las opiniones que emitimos relacionadas con el tema que creemos “manejar”. Lamentablemente, vamos a ver que esto no es posible, ya que según la definición de la Real Academia Española, se entiende por objetivo: aquello perteneciente o relativo al objeto en sí mismo, con independencia de la propia manera de pensar o de sentir.  Que existe realmente, fuera del sujeto que lo conoce. Partiendo de esta definición, podemos ver que solo  los objetos o hechos, responden a cuestiones observables, las cuales son las únicas que pueden ser verdaderas o falsas.

Considerando que todas las opiniones son  emitidas por alguien, ninguna de estas, puede ser considerada objetiva, sino por el contrario, subjetivas. Según la definición que surge diccionario de la Real Academia Española se entiende por subjetivo: aquello perteneciente o relativo a nuestro modo de pensar o de sentir, y no al objeto en sí mismo.

Lingüísticamente es un error creer que una opinión puede ser objetiva.

Tomando como punto de partida lo antes mencionado, todas las opiniones que emitimos acerca de un hecho determinado, no hablan del hecho en si mismo, sino de la persona que está juzgando ese hecho.

Las opiniones, no son ni buenas ni malas, solo nos abren o nos cierran posibilidades con relación a nuestro futuro. Por ejemplo: ¿Si reconocieras que tus opiniones son subjetivas, qué posibilidades crees que esto te abrirían y cuales te cerraría?

Para pensar y conversar:

¿Será posible que incrementes tu poder conversacional, gestionando la subjetividad de las opiniones?

¿Creerte ser el dueño de “la verdad” (aunque esta sea la tuya) qué consecuencias puede acarrearte respecto del tema y en tus relaciones?

En las discusiones que tienes, ¿te interesa tener siempre la razón? ¿Para qué? ¿Qué pasaría si creyeras que no existe la razón, sino razones (subjetivas) en cada tema?